Archive for ‘Tradiciones Peruanas’

17/10/2012

COMUNICADO

por untakana

LOS ARCHIVOZ DE MUSICA AQUI PUBLICADOS ESTAN TEMPORALMENTE FUERA DE DESCARGA POR RAZONES AJENAS A MI VOLUNTAD, TRATARE A LA BREVEDAD POSIBLE DE SUBSANAR DICHO IMPACE, SI DESEAN PUEDEN ENVIARME UN EMAIL Y LES PUEDO RESPONDER CON LA CANCION O CANCIONES QUE DESEEN, LA UNICA FORMA DE PODER AYUDARLOS.

DISCULPEN LAS MOLESTIAS .

HASTA PRONTO.

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10/01/2012

HIMNO A CANDARAVE

por untakana

Candarave, Candarve
Candarave tu nombre es majestad,
Son tus cumbres, tus nevados,
El reflejo de un pueblo emprendedor;
La grandeza de tu origen
Alimenta cada generación,
Flora y fauna sin igual,
Y humalante, tu grito de amistad (bis)

Tus encantos te saludan con el alba juvenil,
Contemplan tu rostro fuerte,
Enigmático y gentil;
Tu campiña se prepara cual rebosante vergel
a recibir el abrigo y confundirse con el tu huayñuma,
De cause inerte sorprendes al caminante con tu lecho misterioso,
Donde nacen las leyendas con galope de corcel
Tutupaca con su manto blanco de tanta pureza,
Representa el alma noble de tu gente al trabajar,
Vigilante rasga el cielo del que brota
Sabía nueva para que beban tus campos,
Prestos reverdecer.
Yucamani, fuerte y soberbio,
Tu atalaya permanente te refleja el sol naciente,
Para que siembres virtudes y coseches tu existir.

10/01/2012

LA MAGIA NEGRA DEL HACENDADO

por untakana

Gastón payes, era el dueño de la hacienda Totora, quien pone en venta su propiedad y el comprador era un agricultor de Ilabaya; pero no contaba con la suficiente cantidad de dinero como para realizar el negocio. Por curiosidad se entera que practicando la magia negra se puede conseguir una fortuna, es cuando decide leer la magia negra, donde indicaba que tenia que ubicar tres quebradas que se unan en una sola y justo lo encuentra en el contorno de la laguna de Aricota.

Con mucho coraje, prepara las acémilas bien coronadas con sus chipas, llevando una daga bien filuda y un ayudante. A una distancia no muy alejada deja a su ayudante con los animales, dirigiéndose solo a la quebrada, llega y se prepara con las oraciones respectivas, de pronto baja un toro enorme balando en medio de la polvareda, se inicia una lucha titánica, después de un arduo batallar el agricultor vence al toro, cuando el animal cae pesadamente al piso, se rompe el hechizo y se convierte en una enorme petaca de oro y plata, muy triunfante grita ¡ Lo Logre ! ¡ Lo Logre ! y emocionada llama a su ayudante.

Todo el tesoro lo preparan para cargar en chipas, no esperando mas se dirigen donde el hacendado, para efectuar el negocio, Gastón Payes lo vende y sin tener otra alternativa se retira. El pacto con el diablo no era tan sencillo pues tenia que pagar con su cuerpo y no podía buscar esposa; el se había convertido en mujer del diablo.

Aburrido de estar con el diablo, no sabe como deshacerse, muy preocupado busca la forma, de pronto se encuentra con un anciano, quien le aconseja que debe buscar una esposa; pero su esposa tenia que esperar al diablo en la forma que el lo hacia de cuatro patas y ella acude al negar apartado esperando la llegada, de pronto aparece lo mira diferente con cabellera larga distinto al hombre se asombra y sale disparado sin rumbo el diablo, de esta manera se destruye el pacto.
El agricultor se tiene que marchar lejos del lugar y para ello deja en arriendo la hacienda al señor Cornejo, después de un tiempo es afectada por la reforma agraria, para convertirse en las Seis Totora y hoy parcelada a los trabajadores.

10/01/2012

EL PAGO A LAS TINIEBLAS – Laguna de Aricota

por untakana

Una legendaria laguna de Aricota, llena de misterio oculto, se dice que para utilizar sus aguas tuvieron que hacer entrega de seres humanos como pago a las tinieblas, por dos oportunidades.

Para el primer pago tuvieron que reunir varios niños, a quienes los invitaron a participar de un banquete, fueron llevados con engaños a la orilla de la laguna, donde se encontraba una mesa muy bien adornada, sobre ella se encontraba comida, dulces y gaseosas. Los niños conforme iban disfrutando del banquete, son atendidos con gaseosas pero mezcla de licor, conforme bebían se fueron mareando, llenos de euforia entre juegos y alegrías; de pronto las aguas desaparecen y se abre una puerta enorme, en el interior se veía una enorme ciudad iluminada, los niños van ingresando comiendo sus galletas bebiendo gaseosas, en medio de risas y juegos se fueron desapareciendo en el fondo de la ciudad.

El segundo pago fue con una delegación de Japón, dentro del grupo había una dama muy jovial y hermosa, llegando a Curibaya se abastecieron de alimentos, bebidas y busca una vitrola para poner la música, por la noche se dirigen a las orillas de la laguna , para preparar la entrega, siendo las doce de la noche, la dama se encontraba embriagada y la invitan a bailar, mientras bailaba se levanta un remolino fuerte, envuelve ala dama, en medio del remolino entre baile y baile, se va desapareciendo la dama en el fondo de la laguna.

Muchos arrieros y viajantes experimentaron, que a partir de las once de la noche, se escucha las risas y juegos de los niños, la voz de una dama que te llama, el cántico del gallo, que nos pone los pelos crespos de miedo, por mas que se grite o corran se cunde mas la desesperación del terror, las personas de fuerte coraje logran pasar y las personas de débil se encantan o se vuelven locos.

10/01/2012

Francisco de Paula Gonzáles Vigil

por untakana

SI PARA SER SACERDOTE TENGO QUE MENTIR,ME QUITO LA SOTANA Y VOY AL SENADO DE CIVIL.

Un gran escritor francés, Emilio Zola, hizo célebre la frase “Yo acuso”, sin imaginarse que al pronunciar dramáticamente estas palabras ante los tribunales de Francia estaba repitiendo la misma frase que varios lustros antes había pronunciado un peruano ilustre ante la Cámara de Diputados.
Francisco de Paula Gonzáles Vigil, diputado por Tacna y una de las figuras más destacadas de los primeros parlamentos nacionales, lanzó en 1832 su famosa catilinaria contra el presidente Agustín Gamarra, acusándolo de haber cometido violaciones graves a la constitución del Estado y concluyó con su conocido: “Yo debo acusar, yo acuso”.
Gonzáles Vigil adquiere desde entonces una visible notoriedad y se consagra como el abanderado en la defensa de la libertad y de la constitución convirtiéndose en uno de los pilares de la república en el apogeo de la anarquía y el caudillismo. Este gran patriota nació en Tacna, el 13 de septiembre de 1792, después de hacer sus primeros estudios en su ciudad natal, Gonzáles Vigil, muy joven aún, pues sólo tenía 11 años, fue llevado al seminario conciliar de San Jerónimo de Arequipa, centro en el que se le había otorgado una beca. Allí encontró la guía espiritual e intelectual del célebre obispo Pedro José Chávez de la Rosa, que aunque nacido en Cádiz, formó varias generaciones de patriotas.
Las ideas liberales y avanzada del obispo encontraron un campo fértil en el joven estudiante. Así comenzó a formarse el espíritu rebelde, intranquilo y ávido de reformas sociales y políticas pero al mismo tiempo respetuoso como nadie de las libertades públicas y de la constitucionalidad.
En 1811 era pro-secretario del seminario y se gradúa como presbítero en 1819. En el citado centro de formación llegó a ser catedrático y rector, pero antes de hacerse presbítero se dirigió a la universidad de San Antonio Abad, doctorándose en Teología el 12 de setiembre de 1812.
Gonzáles Vigil llegó al parlamento en 1825, representando a la provincia de Arica y en sus primeros años pasó casi desapercibido, dándole a notar ocho años más tarde cuando pronunció su arenga contra Gamarra. Pero parece como si su auténtica vocación se hubiera resuelto en el Congreso, porque es aquí donde realizó su gran obra de bien nacional por espacio de treinta años.
Gonzáles Vigil, que fue también en más de una oportunidad director de la Biblioteca Nacional, murió el 9 de junio de 1875, dejando un ejemplo de rectitud, honestidad y respeto a la ley, virtudes por las que luchó toda su vida.

04/12/2011

El Cristo de la Agon�a – Tradiciones Peruanas

por untakana
El Cristo de la Agon�a
(Al doctor Alcides Destruge)
I
San Francisco de Quito, fundada en agosto de 1534 sobre las ruinas de la antigua capital de los Scyris, posee hoy una poblaci�n de 70.000 habitantes y se halla situada en la falda oriental del Pichincha o monte que hierve.
El Pichincha descubre a las investigadoras miradas del viajero dos grandes cr�teres, que sin duda son resultado de sus vanas erupciones. Presenta tres picachos o respiraderos notables, conocidos con los nombres del Rucu-Pichincha o Pichincha Viejo, el Guagua-Pichincha o Pichincha Ni�o, y el Cundor-Guachana o Nido de C�ndores. Despu�s del Sangay, el volc�n m�s activo del mundo y que se encuentra en la misma patria de los Scyris, a inmediaciones de Riobamba, es indudable que el Rucu-Pichincha es el volc�n m�s temible de Am�rica. La historia nos ha transmitido s�lo la noticia de sus erupciones en 1534, 1539, 1577, 1588, 1660 y 1662. Casi dos siglos hab�an transcurrido sin que sus torrentes de lava y rudos estremecimientos esparciesen el luto y la desolaci�n, y no faltaron ge�logos que creyesen que era ya un volc�n sin vida. Pero el 22 de marzo de 1859 vino a desmentir a los sacerdotes de la ciencia. La pintoresca
Quito qued� entonces casi destruida. Sin embargo, como el cr�ter principal del Pichincha se encuentra al Occidente, su lava es lanzada en direcci�n de los desiertos de Esmeraldas, circunstancia salvadora para la ciudad que s�lo ha sido v�ctima de los sacudimientos del gigante que la sirve de atalaya. De desear ser�a, no obstante, para el mayor reposo de su moradores, que se examinase hasta qu� punto es fundada la opini�n del bar�n de Humboldt, quien afirma que el espacio de seis mil trescientas millas cuadradas alrededor de Quito encierra las materias inflamables de un solo volc�n.
Para los hijos de la Am�rica republicana, el Pichincha simboliza una de las m�s bellas p�ginas de la gran epopeya de la revoluci�n. A las faldas del volc�n tuvo lugar el 24 de mayo de 1822 la sangrienta batalla que afianz� para siempre la independencia de Colombia.
�Bendita seas, patria de valientes, y que el genio del porvenir te reserve horas m�s felices que las que forman tu presente! A orillas del pintoresco Guayas me has brindado hospitalario asilo en los d�as de la proscripci�n y del infortunio. Cumple a la gratitud del peregrino no olvidar nunca la fuente que apag� su sed, la palmera que le brind� frescor y sombra, y el dulce oasis donde vio abrirse un horizonte a su esperanza.
Por eso vuelvo a tomar mi pluma de cronista para sacar del polvo del olvido una de tus m�s bellas tradiciones, el recuerdo de uno de tus hombres m�s ilustres, la historia del que con las inspiradas revelaciones de su pincel alcanz� los laureles del genio, como Olmedo con su hom�rico canto la inmortal corona del poeta.
II
Ya lo he dicho. Voy a hablaros de un pintor: de Miguel de Santiago.
El arte de la pintura, que en los tiempos coloniales ilustraron Antonio Salas, Gor�var, Morales y Rodr�guez, est� encarnado en los magn�ficos cuadros de nuestro protagonista, a quien debe considerarse como el verdadero maestro de la escuela quite�a. Como las creaciones de Rembrandt y de la escuela flamenca se distinguen por la especialidad de las sombras, por cierto misterioso claroscuro y por la feliz disposici�n de los grupos, as� la escuela quite�a se hace notar por la viveza del colorido y la naturalidad. No busqu�is en ella los refinamientos del arte, no pretend�is encontrar gran correcci�n en las l�neas de sus Madonnas; pero si am�is lo po�tico como el cielo azul de nuestros valles, lo melanc�licamente vago como el yarav� que nuestros indios cantan acompa�ados de las sentimentales armon�as de la quena, contemplad en nuestros d�as las obras de Rafael Salas, Cadenas o Carrillo.
El templo de la Merced, en Lima, ostenta hoy con orgullo un cuadro de Anselmo Y��ez. No se halla en sus detalles el estilo quite�o en toda su extensi�n; pero el conjunto revela bien que el artista fue arrastrado en mucho por el sentimiento nacional.
El pueblo quite�o tiene el sentimiento del arte. Un hecho bastar� a probarlo. El convento de San Agust�n adorna sus claustros con catorce cuadros de Miguel de Santiago, entre los que sobresale uno de grandes dimensiones, titulado La genealog�a del santo Obispo de Hipona. Una ma�ana, en 1857, fue robado un pedazo del cuadro que conten�a un hermoso grupo. La ciudad se puso en alarma y el pueblo todo se constituy� en pesquisidor. El cuadro fue restaurado. El ladr�n hab�a sido un extranjero comerciante en pinturas.
Pero ya que, por incidencia, hemos hablado de los catorce cuadros de Santiago que se conservan en San Agust�n, cuadros que se distinguen por la propiedad del colorido y la majestad de la concepci�n, esencialmente el del Bautismo, daremos a conocer al lector la causa que los produjo y que, como la mayor parte de los datos biogr�ficos que apuntamos sobre este gran artista, la hemos adquirido de un notable art�culo que escribi� el poeta ecuatoriano don Juan Le�n Mera.
Un oidor espa�ol encomend� a Santiago que le hiciera su retrato. Concluido ya, parti� el artista para un pueblo llamado Gu�pulo, dejando el retrato al sol para que se secara, y encomendando el cuidado de �l a su esposa. La infeliz no supo impedir que el retrato se ensuciase, y llam� al famoso pintor Gor�var, disc�pulo y sobrino de Miguel, para que reparase el da�o. De regreso Santiago, descubri� en la articulaci�n de un dedo que otro pincel hab�a pasado sobre el suyo. Confes�ronle la verdad.
Nuestro artista era de un geniazo m�s atufado que el mar cuando le duele la barriga y le entran retortijones. Encolerizose con lo que cre�a una profanaci�n, dio de cintarazos a Gor�var y reban� una oreja a su pobre consorte. Acudi� el oidor y lo reconvino por su violencia. Santiago, sin respeto a las campanillas del personaje, arremetiole tambi�n a estocadas. El oidor huy� y entabl� acusaci�n contra aquel furioso. Este tom� asilo en la celda de un fraile; y durante los catorce meses que dur� su escondite pint� los catorce cuadros que embellecen los claustros agustinos. Entre ellos merece especial menci�n, por el diestro manejo de las tintas, el titulado Milagro del peso de las ceras. Se afirma que una de las figuras que en �l se hallan es el retrato del mismo Miguel de Santiago.
III
Cuando Miguel de Santiago volvi� a aspirar el aire libre de la ciudad natal, su esp�ritu era ya presa del ascetismo de su siglo. Una idea abrasaba su cerebro: trasladar al lienzo la suprema agon�a de Cristo.
Muchas veces se puso a la obra; pero, descontento de la ejecuci�n, arrojaba la paleta y romp�a el lienzo. Mas no por esto desmayaba en su idea.
La fiebre de la inspiraci�n lo devoraba; y sin embargo, su pincel era rebelde para obedecer a tan poderosa inteligencia y a tan decidida voluntad. Pero el genio encuentra el medio de salir triunfador.
Entre los disc�pulos que frecuentaban el taller hall�base un joven de bell�sima figura. Miguel crey� ver en �l el modelo que necesitaba para llevar a cumplida realizaci�n su pensamiento.
H�zolo desnudar, y colocolo en una cruz de madera. La actitud nada ten�a de agradable ni de c�moda. Sin embargo, en el rostro del joven se dibujaba una ligera sonrisa.
Pero el artista no buscaba la expresi�n de la complacencia o del indiferentismo, sino la de la angustia y el dolor.
-�Sufres?-preguntaba con frecuencia a su disc�pulo.
-No, maestro -contestaba el joven, sonriendo tranquilamente.
De repente Miguel de Santiago, con los ojos fuera de sus �rbitas, erizado el cabello y lanzando una horrible imprecaci�n, atraves� con una lanza el costado del mancebo.
�ste arroj� un gemido y empezaron a reflejarse en su rostro las convulsiones de la agon�a.
Y Miguel de Santiago, en el delirio de la inspiraci�n, con la locura fan�tica del arte, copiaba la mortal congoja; y su pincel, r�pido como el pensamiento, volaba por el terso lienzo.
El moribundo se agitaba, clamaba y retorc�a en la cruz; y Santiago, al copiar cada una de sus convulsiones, exclamaba con creciente entusiasmo:
-�Bien! �Bien, maestro Miguel! �Bien, muy bien, maestro Miguel!
Por fin el gran artista desata a la v�ctima; vela ensangrentada y ex�nime; p�sase la mano por la frente como para evocar sus recuerdos, y como quien despierta de un sue�o fatigoso, mide toda la enormidad de su crimen y, espantado de s� mismo, arroja la paleta y los pinceles, y huye precipitadamente del taller.
�El arte lo hab�a arrastrado al crimen!
Pero su Cristo de la Agon�a estaba terminado.
IV
�ste fue el �ltimo cuadro de Miguel de Santiago. Su sobresaliente m�rito sirvi� de defensa al artista, quien despu�s de largo juicio obtuvo sentencia absolutoria.
El cuadro fue llevado a Espa�a. �Existe a�n, o se habr� perdido por la notable incuria peninsular? Lo ignoramos.
Miguel de Santiago, atacado desde el d�a de su crimen art�stico de frecuentes alucinaciones cerebrales, falleci� en noviembre de 1673, y su sepulcro est� al pie del altar de San Miguel en la capilla del Sagrario.

04/12/2011

El Cristo de la Agonía – Tradiciones Peruanas

por untakana
 
El Cristo de la Agonía
(Al doctor Alcides Destruge)
 
I
 
San Francisco de Quito, fundada en agosto de 1534 sobre las ruinas de la antigua capital de los Scyris, posee hoy una población de 70.000 habitantes y se halla situada en la falda oriental del Pichincha o monte que hierve.
 
El Pichincha descubre a las investigadoras miradas del viajero dos grandes cráteres, que sin duda son resultado de sus vanas erupciones. Presenta tres picachos o respiraderos notables, conocidos con los nombres del Rucu-Pichincha o Pichincha Viejo, el Guagua-Pichincha o Pichincha Niño, y el Cundor-Guachana o Nido de Cóndores. Después del Sangay, el volcán más activo del mundo y que se encuentra en la misma patria de los Scyris, a inmediaciones de Riobamba, es indudable que el Rucu-Pichincha es el volcán más temible de América. La historia nos ha transmitido sólo la noticia de sus erupciones en 1534, 1539, 1577, 1588, 1660 y 1662. Casi dos siglos habían transcurrido sin que sus torrentes de lava y rudos estremecimientos esparciesen el luto y la desolación, y no faltaron geólogos que creyesen que era ya un volcán sin vida. Pero el 22 de marzo de 1859 vino a desmentir a los sacerdotes de la ciencia. La pintoresca
Quito quedó entonces casi destruida. Sin embargo, como el cráter principal del Pichincha se encuentra al Occidente, su lava es lanzada en dirección de los desiertos de Esmeraldas, circunstancia salvadora para la ciudad que sólo ha sido víctima de los sacudimientos del gigante que la sirve de atalaya. De desear sería, no obstante, para el mayor reposo de su moradores, que se examinase hasta qué punto es fundada la opinión del barón de Humboldt, quien afirma que el espacio de seis mil trescientas millas cuadradas alrededor de Quito encierra las materias inflamables de un solo volcán.
 
Para los hijos de la América republicana, el Pichincha simboliza una de las más bellas páginas de la gran epopeya de la revolución. A las faldas del volcán tuvo lugar el 24 de mayo de 1822 la sangrienta batalla que afianzó para siempre la independencia de Colombia.
 
¡Bendita seas, patria de valientes, y que el genio del porvenir te reserve horas más felices que las que forman tu presente! A orillas del pintoresco Guayas me has brindado hospitalario asilo en los días de la proscripción y del infortunio. Cumple a la gratitud del peregrino no olvidar nunca la fuente que apagó su sed, la palmera que le brindó frescor y sombra, y el dulce oasis donde vio abrirse un horizonte a su esperanza.
 
Por eso vuelvo a tomar mi pluma de cronista para sacar del polvo del olvido una de tus más bellas tradiciones, el recuerdo de uno de tus hombres más ilustres, la historia del que con las inspiradas revelaciones de su pincel alcanzó los laureles del genio, como Olmedo con su homérico canto la inmortal corona del poeta.
 
II
 
Ya lo he dicho. Voy a hablaros de un pintor: de Miguel de Santiago.
 
El arte de la pintura, que en los tiempos coloniales ilustraron Antonio Salas, Gorívar, Morales y Rodríguez, está encarnado en los magníficos cuadros de nuestro protagonista, a quien debe considerarse como el verdadero maestro de la escuela quiteña. Como las creaciones de Rembrandt y de la escuela flamenca se distinguen por la especialidad de las sombras, por cierto misterioso claroscuro y por la feliz disposición de los grupos, así la escuela quiteña se hace notar por la viveza del colorido y la naturalidad. No busquéis en ella los refinamientos del arte, no pretendáis encontrar gran corrección en las líneas de sus Madonnas; pero si amáis lo poético como el cielo azul de nuestros valles, lo melancólicamente vago como el yaraví que nuestros indios cantan acompañados de las sentimentales armonías de la quena, contemplad en nuestros días las obras de Rafael Salas, Cadenas o Carrillo.
 
El templo de la Merced, en Lima, ostenta hoy con orgullo un cuadro de Anselmo Yáñez. No se halla en sus detalles el estilo quiteño en toda su extensión; pero el conjunto revela bien que el artista fue arrastrado en mucho por el sentimiento nacional.
 
El pueblo quiteño tiene el sentimiento del arte. Un hecho bastará a probarlo. El convento de San Agustín adorna sus claustros con catorce cuadros de Miguel de Santiago, entre los que sobresale uno de grandes dimensiones, titulado La genealogía del santo Obispo de Hipona. Una mañana, en 1857, fue robado un pedazo del cuadro que contenía un hermoso grupo. La ciudad se puso en alarma y el pueblo todo se constituyó en pesquisidor. El cuadro fue restaurado. El ladrón había sido un extranjero comerciante en pinturas.
 
Pero ya que, por incidencia, hemos hablado de los catorce cuadros de Santiago que se conservan en San Agustín, cuadros que se distinguen por la propiedad del colorido y la majestad de la concepción, esencialmente el del Bautismo, daremos a conocer al lector la causa que los produjo y que, como la mayor parte de los datos biográficos que apuntamos sobre este gran artista, la hemos adquirido de un notable artículo que escribió el poeta ecuatoriano don Juan León Mera.
 
Un oidor español encomendó a Santiago que le hiciera su retrato. Concluido ya, partió el artista para un pueblo llamado Guápulo, dejando el retrato al sol para que se secara, y encomendando el cuidado de él a su esposa. La infeliz no supo impedir que el retrato se ensuciase, y llamó al famoso pintor Gorívar, discípulo y sobrino de Miguel, para que reparase el daño. De regreso Santiago, descubrió en la articulación de un dedo que otro pincel había pasado sobre el suyo. Confesáronle la verdad.
 
Nuestro artista era de un geniazo más atufado que el mar cuando le duele la barriga y le entran retortijones. Encolerizose con lo que creía una profanación, dio de cintarazos a Gorívar y rebanó una oreja a su pobre consorte. Acudió el oidor y lo reconvino por su violencia. Santiago, sin respeto a las campanillas del personaje, arremetiole también a estocadas. El oidor huyó y entabló acusación contra aquel furioso. Este tomó asilo en la celda de un fraile; y durante los catorce meses que duró su escondite pintó los catorce cuadros que embellecen los claustros agustinos. Entre ellos merece especial mención, por el diestro manejo de las tintas, el titulado Milagro del peso de las ceras. Se afirma que una de las figuras que en él se hallan es el retrato del mismo Miguel de Santiago.
 
III
 
Cuando Miguel de Santiago volvió a aspirar el aire libre de la ciudad natal, su espíritu era ya presa del ascetismo de su siglo. Una idea abrasaba su cerebro: trasladar al lienzo la suprema agonía de Cristo.
 
Muchas veces se puso a la obra; pero, descontento de la ejecución, arrojaba la paleta y rompía el lienzo. Mas no por esto desmayaba en su idea.
 
La fiebre de la inspiración lo devoraba; y sin embargo, su pincel era rebelde para obedecer a tan poderosa inteligencia y a tan decidida voluntad. Pero el genio encuentra el medio de salir triunfador.
 
Entre los discípulos que frecuentaban el taller hallábase un joven de bellísima figura. Miguel creyó ver en él el modelo que necesitaba para llevar a cumplida realización su pensamiento.
 
Hízolo desnudar, y colocolo en una cruz de madera. La actitud nada tenía de agradable ni de cómoda. Sin embargo, en el rostro del joven se dibujaba una ligera sonrisa.
 
Pero el artista no buscaba la expresión de la complacencia o del indiferentismo, sino la de la angustia y el dolor.
 
-¿Sufres?-preguntaba con frecuencia a su discípulo.
 
-No, maestro -contestaba el joven, sonriendo tranquilamente.
 
De repente Miguel de Santiago, con los ojos fuera de sus órbitas, erizado el cabello y lanzando una horrible imprecación, atravesó con una lanza el costado del mancebo.
 
Éste arrojó un gemido y empezaron a reflejarse en su rostro las convulsiones de la agonía.
 
Y Miguel de Santiago, en el delirio de la inspiración, con la locura fanática del arte, copiaba la mortal congoja; y su pincel, rápido como el pensamiento, volaba por el terso lienzo.
 
El moribundo se agitaba, clamaba y retorcía en la cruz; y Santiago, al copiar cada una de sus convulsiones, exclamaba con creciente entusiasmo:
 
-¡Bien! ¡Bien, maestro Miguel! ¡Bien, muy bien, maestro Miguel!
 
Por fin el gran artista desata a la víctima; vela ensangrentada y exánime; pásase la mano por la frente como para evocar sus recuerdos, y como quien despierta de un sueño fatigoso, mide toda la enormidad de su crimen y, espantado de sí mismo, arroja la paleta y los pinceles, y huye precipitadamente del taller.
 
¡El arte lo había arrastrado al crimen!
 
Pero su Cristo de la Agonía estaba terminado.
 
IV
 
Éste fue el último cuadro de Miguel de Santiago. Su sobresaliente mérito sirvió de defensa al artista, quien después de largo juicio obtuvo sentencia absolutoria.
 
El cuadro fue llevado a España. ¿Existe aún, o se habrá perdido por la notable incuria peninsular? Lo ignoramos.
 
Miguel de Santiago, atacado desde el día de su crimen artístico de frecuentes alucinaciones cerebrales, falleció en noviembre de 1673, y su sepulcro está al pie del altar de San Miguel en la capilla del Sagrario.
04/12/2011

Don Dimas de la Tijereta – Tradiciones Peruanas

por untakana
D. Dimas de la Tijereta
Cuento de viejas que trata de c�mo un escribano le gan� un pleito al diablo
I
�rase que se era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que all� por los primeros a�os del pasado siglo exist�a, en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Per�, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana, pluma de ganso u otra ave de rapi�a, tintero de cuerno, greg�escos de pa�o azul a media pierna, jub�n de tirita�a y capa espa�ola de color parecido a Dios en lo incomprensible, y que le hab�a llegado por leg�tima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.
Conoc�ale el pueblo por tocayo del buen ladr�n a quien Don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombr�base D. Dimas de la Tijereta, escribano de n�mero de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se hab�a quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gast� en breve la poca que trajo al mundo.
Dec�ase de �l que ten�a m�s trastienda que un bodeg�n, m�s cam�ndulas que el rosario de Jerusal�n que cargaba al cuello, y m�s doblas de a ocho, fruto de sus triqui�uelas, embustes y trocatintas, que las que cab�an en el �ltimo gale�n que zarp� para C�diz y de que daba cuenta la Gaceta. Acaso fue por �l por quien dijo un caquiversista lo de �Un escribano y un gato en un pozo se cayeron, como los dos ten�an u�as por la pared se subieron�.
Fama es que a tal punto hab�anse apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado. Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habr�a exclamado con sorpresa:
�Dimas, �qu� has hecho del alma que te di?�.
Ello es que el escribano, en punto a picard�as era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no ten�a el malo por donde desecharlo, tampoco el �ngel de la guarda hallar�a
asidero a su esp�ritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el lance de las postrimer�as.
Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio, en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del serm�n acert� a caer un gato desde la cornisa del templo, lo que perturb� al predicador y arremolin� al auditorio. Pero D. Dimas restableci� al punto la tranquilidad, gritando: �No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan que el que ha ca�do es un cofrade de esta ilustre congregaci�n, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el serm�n�.
Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerci� sobre la tierra el mismo oficio o profesi�n; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Aproniano est� todav�a en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.
Mala pascua me d� Dios, y sea la primera que viniere, o d�me longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retrato, as� f�sico como moral, de Tijereta, he tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofrad�a del ante m� y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de an�s, cuanto porque esa es gente de mucha enjundia con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin m�s intervenci�n de cartulario. Ande la rueda y coz con ella.
II
No s� qui�n sostuvo que las mujeres eran la perdici�n del g�nero humano, en lo cual, m�a la cuenta si no dijo una bellaquer�a gorda como el pu�o. Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Ad�n, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente; y eso que, en Dios y en mi �nima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. �Bonita disculpa la de su merced el padre Ad�n! En nuestros d�as la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, mag�er barrunto que para prisi�n basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de l�grimas y pellejer�as. Aceptemos tambi�n los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentaci�n que tan buenos ratos proporciona, y no hagamos cargar con todo el mochuelo al bello sexo.
�Arriba, piernas, arriba, zancas! En este mundo todas son trampas.
No faltar� quien piense que esta digresi�n no viene a cuento. �Pero vaya si viene! Como que me sirve nada menos que para informar al lector de que Tijereta dio a la vejez, �poca en que hombres y mujeres huelen, no a patchoul�, sino a cera de bien morir, en la peor tontuna en que puede dar un viejo. Se enamor� hasta la coronilla de Visitaci�n, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mism�simo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de m�rame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y m�s matadores que espada y basto.
�Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!
No embargante que el escribano era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso dome�ar a la chica a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras m�s derrochaba Tijereta, m�s distante ve�a la hora en que la moza hiciese con �l una obra de caridad, y esta resistencia tra�alo al retortero.
Visitaci�n viv�a en amor y compa�a con una t�a, vieja como el pecado de gula, a quien a�os m�s tarde encoroz� la Santa Inquisici�n por rufiana y encubridora, haci�ndola pasear las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detr�s. La maldita zurcidora de voluntades no cre�a, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando p�caramente con sus tercer�as a la muchacha, result� un d�a que el pernil dej� de estarse en el garabato por culpa y travesura de un p�caro gato. Desde entonces si la t�a fue el anzuelo, la sobrina, mujer completa ya seg�n las ordenanzas de birlibirloque, se convirti� en cebo para pescar maravedises a m�s de dos y m�s de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.
El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitaci�n, y despu�s de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le o�a cort�ndose las u�as, recordando a alg�n boquirrubio que la ech� flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo: �Babazorro, arr�pate que sudas, y l�mpiate que est�s de huevo�, o canturriando:
�No pierdas en m� balas, carabinero,
porque yo soy paloma de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera me has de dar antes
aretes y sortijas, blondas y guantes�.
Y as� atend�a a los requiebros y caranto�a de Tijereta, como la piedra berroque�a a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y as� pasaron meses hasta seis, aceptando Visitaci�n los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intenci�n de cubrir la libranza, porque la muy taimada conoc�a a fondo la influencia de sus hechizos sobre el coraz�n del cartulario.
Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.
III
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitaci�n, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenole ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herej�a, que a ella y no a otra se asemejaba D. Dimas. Mal perge�ado sali� �ste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontr�, a obra de las doce, al pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retoz�n, de esos que andan pre�ados de romadizos, refresc� un poco su cabeza, y exclam�:
-Para mi santiguada que es traj�n el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla, cuando yo me s� de ella milagros de m�s calibre que los que reza el Flos- Sanctorum. �Venga un diablo cualquiera y ll�vese mi almilla en cambio del amor de esa caprichosa criatura!
Satan�s, que desde los antros m�s profundos del infierno hab�a escuchado las palabras del plumario, toc� la campanilla, y al reclamo se present� el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demon�grafos, que andan a vueltas y tornas con las Clav�culas de Salom�n, libros que leen al resplandor de un carbunclo, afirman que Lilit, diablo de bonita estampa, muy zalamero y decidor, es el correvedile de Su Majestad Infernal.
-Ve, Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que all� encontrar�s, y que abriga tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Conc�dele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy taca�o trat�ndose de una presa.
Yo, pobre y mal tra�do narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre Lilit y D. Dimas, porque no hubo taqu�grafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. �Y es l�stima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entreg� a Satan�s un pergamino que, f�rmula m�s o menos, dec�a lo siguiente:
�Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesi�n de una mujer. �tem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres a�os�. Y aqu� segu�an las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.
Al entrar el escribano en su tugurio, sali� a abrirle la puerta nada menos que Visitaci�n, la desde�osa y remilgada Visitaci�n, que ebria de amor se arroj� en los brazos de Tijereta. Cual es la campana, tal la badajada.
Lilit hab�a encendido en el coraz�n de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja, que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al pr�jimo labrando su condenaci�n eterna, sin que le valgan la bula de Meco ni las de composici�n.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, d�a por d�a, tres a�os como tres berenjenas, y lleg� el d�a en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontr� en un verbo transportado al cerro de las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendi� el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano empez� a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:
-No se tome vuesa merced ese trabajo, que maldito el peso que aumentar� a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usarced vestido y calzado.
-Pues sin desnudarme, no caigo en el c�mo sea posible pagar mi deuda.
-Haga usarced lo que le plazca, ya que todav�a le queda un minuto de libertad.
El escribano sigui� en la operaci�n hasta sacarse la almilla o jub�n interior, y pas�ndola a Lilit le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se ech� a re�r con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truh�n.
-Y �qu� quiere usarced que haga con esta prenda?
-�Toma! Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usarced, se�or diabol�n, el contrato, y si tiene conciencia se dar� por bien pagado. �Como que esa almilla me cost� una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco!
-Yo no entiendo de tracamandanas, se�or D. Dimas. V�ngase conmigo y guarde sus palabras en el pecho para cuando est� delante de mi amo.
Y en esto expir� el minuto, y Lilit se ech� al hombro a Tijereta, col�ndose con �l de rond�n en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que hab�a festinaci�n en el procedimiento de Lilit, que todo lo fecho y actuado era nulo y contra ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablar�a pleito, y por lo menos lo har�a condenar en costas. Lilit pon�a orejas
de mercader a las voces de D. Dimas, y trataba ya, por v�a de amonestaci�n, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satan�s del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. �Para ce�irse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!
Afortunadamente para Tijereta no se hab�a introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado, que ac� sobre la tierra hace interminable un proceso, y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con s�lo la autoridad del Diccionario de la lengua, prob� el tunante su buen derecho; y los jueces, que en vida fueron probablemente literatos y acad�micos, ordenaron que sin p�rdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumpliose la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satan�s una prueba de que las leyes en el infierno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas s�lo para escritas. Pero destruido el diab�lico hechizo, se encontr� D. Dimas con que Visitaci�n lo hab�a abandonado corriendo a encerrarse en un beater�o, siguiendo la a�eja m�xima de dar a Dios el hueso despu�s de haber regalado la carne al demonio.
Satan�s, por no perderlo todo, se qued� con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vergonzante produce en ellos una pulmon�a de capa de coro y gorra de cuartel o una tisis tuberculosa de padre y muy se�or m�o.
V
Y por m�s que fu� y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, muri� D. Dimas de buena o de mala muerte. Pero lo que s� es cosa averiguada es que li� los b�rtulos, pues no era justo que quedase sobre la tierra para semilla de p�caros. Tal es, �oh lector car�simo!, mi creencia.
Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que ten�a m�s arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le grit�: ��Largo de ah�! No admitimos ya escribanos�.
Esto hac�a barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedi� lo mismo que con la de judas Iscariote; lo cual, pues viene a cuento y la ocasi�n es calva, he de apuntar aqu� someramente y a guisa de conclusi�n.
Refieren a�ejas cr�nicas que el ap�stol que vendi� a Cristo ech�, despu�s de su delito, cuentas consigo mismo, y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de �rbol.
Realiz� su suicidio, sin escribir antes, como hoga�o se estila, ep�stola de despedida, donde por m�s empe�os que hizo se negaron a darle posada.
Otro tanto le sucedi� en el infierno, y desesperada y tiritando de fr�o regres� al mundo buscando d�nde albergarse.
Acert� a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hac�a tiempo que hab�a emigrado el alma cansada de soportar picard�as, y la de Judas dijo: �Aqu� que no peco�, y se aposent� en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.
Y con esto, lector amigo, y con que cada cuatro a�os uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento, deseando que as� tengas la salud como yo tuve empe�o en darte un rato de solaz y divertimiento.

04/12/2011

Don Dimas de la Tijereta – Tradiciones Peruanas

por untakana
D. Dimas de la Tijereta
Cuento de viejas que trata de cómo un escribano le ganó un pleito al diablo
I
Érase que se era y el mal que se vaya y el bien se nos venga, que allá por los primeros años del pasado siglo existía, en pleno portal de Escribanos de las tres veces coronada ciudad de los Reyes del Perú, un cartulario de antiparras cabalgadas sobre nariz ciceroniana, pluma de ganso u otra ave de rapiña, tintero de cuerno, gregüescos de paño azul a media pierna, jubón de tiritaña y capa española de color parecido a Dios en lo incomprensible, y que le había llegado por legítima herencia pasando de padres a hijos durante tres generaciones.
Conocíale el pueblo por tocayo del buen ladrón a quien Don Jesucristo dio pasaporte para entrar en la gloria; pues nombrábase D. Dimas de la Tijereta, escribano de número de la Real Audiencia y hombre que, a fuerza de dar fe, se había quedado sin pizca de fe, porque en el oficio gastó en breve la poca que trajo al mundo.
Decíase de él que tenía más trastienda que un bodegón, más camándulas que el rosario de Jerusalén que cargaba al cuello, y más doblas de a ocho, fruto de sus triquiñuelas, embustes y trocatintas, que las que cabían en el último galeón que zarpó para Cádiz y de que daba cuenta la Gaceta. Acaso fue por él por quien dijo un caquiversista lo de «Un escribano y un gato en un pozo se cayeron, como los dos tenían uñas por la pared se subieron».
Fama es que a tal punto habíanse apoderado del escribano los tres enemigos del alma, que la suya estaba tal de zurcidos y remiendos que no la reconociera su Divina Majestad, con ser quien es y con haberla creado. Y tengo para mis adentros que si le hubiera venido en antojo al Ser Supremo llamarla a juicio, habría exclamado con sorpresa:
«Dimas, ¿qué has hecho del alma que te di?».
Ello es que el escribano, en punto a picardías era la flor y nata de la gente del oficio, y que si no tenía el malo por donde desecharlo, tampoco el ángel de la guarda hallaría
asidero a su espíritu para transportarlo al cielo cuando le llegara el lance de las postrimerías.
Cuentan de su merced que siendo mayordomo del gremio, en una fiesta costeada por los escribanos, a la mitad del sermón acertó a caer un gato desde la cornisa del templo, lo que perturbó al predicador y arremolinó al auditorio. Pero D. Dimas restableció al punto la tranquilidad, gritando: «No hay motivo para barullo, caballeros. Adviertan que el que ha caído es un cofrade de esta ilustre congregación, que ciertamente ha delinquido en venir un poco tarde a la fiesta. Siga ahora su reverencia con el sermón».
Todos los gremios tienen por patrono a un santo que ejerció sobre la tierra el mismo oficio o profesión; pero ni en el martirologio romano existe santo que hubiera sido escribano, pues si lo fue o no lo fue San Aproniano está todavía en veremos y proveeremos. Los pobrecitos no tienen en el cielo camarada que por ellos interceda.
Mala pascua me dé Dios, y sea la primera que viniere, o déme longevidad de elefante con salud de enfermo, si en el retrato, así físico como moral, de Tijereta, he tenido voluntad de jabonar la paciencia a miembro viviente de la respetable cofradía del ante mí y el certifico. Y hago esta salvedad digna de un lego confitado, no tanto en descargo de mis culpas, que no son pocas, y de mi conciencia de narrador, que no es grano de anís, cuanto porque esa es gente de mucha enjundia con la que ni me tiro ni me pago, ni le debo ni le cobro. Y basta de dibujos y requilorios, y andar andillo, y siga la zambra, que si Dios es servido, y el tiempo y las aguas me favorecen, y esta conseja cae en gracia, cuentos he de enjaretar a porrillo y sin más intervención de cartulario. Ande la rueda y coz con ella.
II
No sé quién sostuvo que las mujeres eran la perdición del género humano, en lo cual, mía la cuenta si no dijo una bellaquería gorda como el puño. Siglos y siglos hace que a la pobre Eva le estamos echando en cara la curiosidad de haberle pegado un mordisco a la consabida manzana, como si no hubiera estado en manos de Adán, que era a la postre un pobrete educado muy a la pata la llana, devolver el recurso por improcedente; y eso que, en Dios y en mi ánima, declaro que la golosina era tentadora para quien siente rebullirse una alma en su almario. ¡Bonita disculpa la de su merced el padre Adán! En nuestros días la disculpa no lo salvaba de ir a presidio, magüer barrunto que para prisión basta y sobra con la vida asaz trabajosa y aporreada que algunos arrastramos en este valle de lágrimas y pellejerías. Aceptemos también los hombres nuestra parte de responsabilidad en una tentación que tan buenos ratos proporciona, y no hagamos cargar con todo el mochuelo al bello sexo.
¡Arriba, piernas, arriba, zancas! En este mundo todas son trampas.
No faltará quien piense que esta digresión no viene a cuento. ¡Pero vaya si viene! Como que me sirve nada menos que para informar al lector de que Tijereta dio a la vejez, época en que hombres y mujeres huelen, no a patchoulí, sino a cera de bien morir, en la peor tontuna en que puede dar un viejo. Se enamoró hasta la coronilla de Visitación, gentil muchacha de veinte primaveras, con un palmito y un donaire y un aquel capaces de tentar al mismísimo general de los padres beletmitas, una cintura pulida y remonona de esas de mírame y no me toques, labios colorados como guindas, dientes como almendrucos, ojos como dos luceros y más matadores que espada y basto.
¡Cuando yo digo que la moza era un pimpollo a carta cabal!
No embargante que el escribano era un abejorro recatado de bolsillo y tan pegado al oro de su arca como un ministro a la poltrona, y que en punto a dar no daba ni las buenas noches, se propuso domeñar a la chica a fuerza de agasajos; y ora la enviaba unas arracadas de diamantes con perlas como garbanzos, ora trajes de rico terciopelo de Flandes, que por aquel entonces costaban un ojo de la cara. Pero mientras más derrochaba Tijereta, más distante veía la hora en que la moza hiciese con él una obra de caridad, y esta resistencia traíalo al retortero.
Visitación vivía en amor y compaña con una tía, vieja como el pecado de gula, a quien años más tarde encorozó la Santa Inquisición por rufiana y encubridora, haciéndola pasear las calles en bestia de albarda, con chilladores delante y zurradores detrás. La maldita zurcidora de voluntades no creía, como Sancho, que era mejor sobrina mal casada que bien abarraganada; y endoctrinando pícaramente con sus tercerías a la muchacha, resultó un día que el pernil dejó de estarse en el garabato por culpa y travesura de un pícaro gato. Desde entonces si la tía fue el anzuelo, la sobrina, mujer completa ya según las ordenanzas de birlibirloque, se convirtió en cebo para pescar maravedises a más de dos y más de tres acaudalados hidalgos de esta tierra.
El escribano llegaba todas las noches a casa de Visitación, y después de notificarla un saludo, pasaba a exponerla el alegato de bien probado de su amor. Ella le oía cortándose las uñas, recordando a algún boquirrubio que la echó flores y piropos al salir de la misa de la parroquia, diciendo para su sayo: «Babazorro, arrópate que sudas, y límpiate que estás de huevo», o canturriando:
«No pierdas en mí balas, carabinero,
porque yo soy paloma de mucho vuelo.
Si quieres que te quiera me has de dar antes
aretes y sortijas, blondas y guantes».
Y así atendía a los requiebros y carantoña de Tijereta, como la piedra berroqueña a los chirridos del cristal que en ella se rompe. Y así pasaron meses hasta seis, aceptando Visitación los alboroques, pero sin darse a partido ni revelar intención de cubrir la libranza, porque la muy taimada conocía a fondo la influencia de sus hechizos sobre el corazón del cartulario.
Pero ya la encontraremos caminito de Santiago, donde tanto resbala la coja como la sana.
III
Una noche en que Tijereta quiso levantar el gallo a Visitación, o, lo que es lo mismo, meterse a bravo, ordenole ella que pusiese pies en pared, porque estaba cansada de tener ante los ojos la estampa de la herejía, que a ella y no a otra se asemejaba D. Dimas. Mal pergeñado salió éste, y lo negro de su desventura no era para menos, de casa de la muchacha; y andando, andando, y perdido en sus cavilaciones, se encontró, a obra de las doce, al pie del cerrito de las Ramas. Un vientecillo retozón, de esos que andan preñados de romadizos, refrescó un poco su cabeza, y exclamó:
-Para mi santiguada que es trajín el que llevo con esa fregona que la da de honesta y marisabidilla, cuando yo me sé de ella milagros de más calibre que los que reza el Flos- Sanctorum. ¡Venga un diablo cualquiera y llévese mi almilla en cambio del amor de esa caprichosa criatura!
Satanás, que desde los antros más profundos del infierno había escuchado las palabras del plumario, tocó la campanilla, y al reclamo se presentó el diablo Lilit. Por si mis lectores no conocen a este personaje, han de saberse que los demonógrafos, que andan a vueltas y tornas con las Clavículas de Salomón, libros que leen al resplandor de un carbunclo, afirman que Lilit, diablo de bonita estampa, muy zalamero y decidor, es el correvedile de Su Majestad Infernal.
-Ve, Lilit, al cerro de las Ramas y extiende un contrato con un hombre que allí encontrarás, y que abriga tanto desprecio por su alma que la llama almilla. Concédele cuanto te pida y no te andes con regateos, que ya sabes que no soy tacaño tratándose de una presa.
Yo, pobre y mal traído narrador de cuentos, no he podido alcanzar pormenores acerca de la entrevista entre Lilit y D. Dimas, porque no hubo taquígrafo a mano que se encargase de copiarla sin perder punto ni coma. ¡Y es lástima, por mi fe! Pero baste saber que Lilit, al regresar al infierno, le entregó a Satanás un pergamino que, fórmula más o menos, decía lo siguiente:
«Conste que yo, don Dimas de la Tijereta, cedo mi almilla al rey de los abismos en cambio del amor y posesión de una mujer. Ítem, me obligo a satisfacer la deuda de la fecha en tres años». Y aquí seguían las firmas de las altas partes contratantes y el sello del demonio.
Al entrar el escribano en su tugurio, salió a abrirle la puerta nada menos que Visitación, la desdeñosa y remilgada Visitación, que ebria de amor se arrojó en los brazos de Tijereta. Cual es la campana, tal la badajada.
Lilit había encendido en el corazón de la pobre muchacha el fuego de Lais, y en sus sentidos la desvergonzada lubricidad de Mesalina. Doblemos esta hoja, que de suyo es peligroso extenderse en pormenores que pueden tentar al prójimo labrando su condenación eterna, sin que le valgan la bula de Meco ni las de composición.
IV
Como no hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague, pasaron, día por día, tres años como tres berenjenas, y llegó el día en que Tijereta tuviese que hacer honor a su firma. Arrastrado por una fuerza superior y sin darse cuenta de ello, se encontró en un verbo transportado al cerro de las Ramas, que hasta en eso fue el diablo puntilloso y quiso ser pagado en el mismo sitio y hora en que se extendió el contrato.
Al encararse con Lilit, el escribano empezó a desnudarse con mucha flema, pero el diablo le dijo:
-No se tome vuesa merced ese trabajo, que maldito el peso que aumentará a la carga la tela del traje. Yo tengo fuerzas para llevarme a usarced vestido y calzado.
-Pues sin desnudarme, no caigo en el cómo sea posible pagar mi deuda.
-Haga usarced lo que le plazca, ya que todavía le queda un minuto de libertad.
El escribano siguió en la operación hasta sacarse la almilla o jubón interior, y pasándola a Lilit le dijo:
-Deuda pagada y venga mi documento.
Lilit se echó a reír con todas las ganas de que es capaz un diablo alegre y truhán.
-Y ¿qué quiere usarced que haga con esta prenda?
-¡Toma! Esa prenda se llama almilla, y eso es lo que yo he vendido y a lo que estoy obligado. Carta canta. Repase usarced, señor diabolín, el contrato, y si tiene conciencia se dará por bien pagado. ¡Como que esa almilla me costó una onza, como un ojo de buey, en la tienda de Pacheco!
-Yo no entiendo de tracamandanas, señor D. Dimas. Véngase conmigo y guarde sus palabras en el pecho para cuando esté delante de mi amo.
Y en esto expiró el minuto, y Lilit se echó al hombro a Tijereta, colándose con él de rondón en el infierno. Por el camino gritaba a voz en cuello el escribano que había festinación en el procedimiento de Lilit, que todo lo fecho y actuado era nulo y contra ley, y amenazaba al diablo alguacil con que si encontraba gente de justicia en el otro barrio le entablaría pleito, y por lo menos lo haría condenar en costas. Lilit ponía orejas
de mercader a las voces de D. Dimas, y trataba ya, por vía de amonestación, de zabullirlo en un caldero de plomo hirviendo, cuando alborotado el Cocyto y apercibido Satanás del laberinto y causas que lo motivaban, convino en que se pusiese la cosa en tela de juicio. ¡Para ceñirse a la ley y huir de lo que huele a arbitrariedad y despotismo, el demonio!
Afortunadamente para Tijereta no se había introducido por entonces en el infierno el uso de papel sellado, que acá sobre la tierra hace interminable un proceso, y en breve rato vio fallada su causa en primera y segunda instancia. Sin citar las Pandectas ni el Fuero Juzgo, y con sólo la autoridad del Diccionario de la lengua, probó el tunante su buen derecho; y los jueces, que en vida fueron probablemente literatos y académicos, ordenaron que sin pérdida de tiempo se le diese soltura, y que Lilit lo guiase por los vericuetos infernales hasta dejarlo sano y salvo en la puerta de su casa. Cumpliose la sentencia al pie de la letra, en lo que dio Satanás una prueba de que las leyes en el infierno no son, como en el mundo, conculcadas por el que manda y buenas sólo para escritas. Pero destruido el diabólico hechizo, se encontró D. Dimas con que Visitación lo había abandonado corriendo a encerrarse en un beaterío, siguiendo la añeja máxima de dar a Dios el hueso después de haber regalado la carne al demonio.
Satanás, por no perderlo todo, se quedó con la almilla; y es fama que desde entonces los escribanos no usan almilla. Por eso cualquier constipadito vergonzante produce en ellos una pulmonía de capa de coro y gorra de cuartel o una tisis tuberculosa de padre y muy señor mío.
V
Y por más que fuí y vine, sin dejar la ida por la venida, no he podido saber a punto fijo si, andando el tiempo, murió D. Dimas de buena o de mala muerte. Pero lo que sí es cosa averiguada es que lió los bártulos, pues no era justo que quedase sobre la tierra para semilla de pícaros. Tal es, ¡oh lector carísimo!, mi creencia.
Pero un mi compadre me ha dicho, en puridad de compadres, que muerto Tijereta quiso su alma, que tenía más arrugas y dobleces que abanico de coqueta, beber agua en uno de los calderos de Pero Botero, y el conserje del infierno le gritó: «¡Largo de ahí! No admitimos ya escribanos».
Esto hacía barruntar al susodicho mi compadre que con el alma del cartulario sucedió lo mismo que con la de judas Iscariote; lo cual, pues viene a cuento y la ocasión es calva, he de apuntar aquí someramente y a guisa de conclusión.
Refieren añejas crónicas que el apóstol que vendió a Cristo echó, después de su delito, cuentas consigo mismo, y vio que el mejor modo de saldarlas era arrojar las treinta monedas y hacer zapatetas, convertido en racimo de árbol.
Realizó su suicidio, sin escribir antes, como hogaño se estila, epístola de despedida, donde por más empeños que hizo se negaron a darle posada.
Otro tanto le sucedió en el infierno, y desesperada y tiritando de frío regresó al mundo buscando dónde albergarse.
Acertó a pasar por casualidad un usurero, de cuyo cuerpo hacía tiempo que había emigrado el alma cansada de soportar picardías, y la de Judas dijo: «Aquí que no peco», y se aposentó en la humanidad del avaro. Desde entonces se dice que los usureros tienen alma de Judas.
Y con esto, lector amigo, y con que cada cuatro años uno es bisiesto, pongo punto redondo al cuento, deseando que así tengas la salud como yo tuve empeño en darte un rato de solaz y divertimiento.
27/11/2011

EL CARAJO DE SUCRE – Tradiciones en Salsa Verde – Ricardo Palma

por untakana
El mariscal Antonio Jos� de Sucre fue un hombre muy culto y muy decoroso en palabras. Contrastaba en esto con Bol�var. Jam�s se oy� de su boca un vocablo obsceno, ni una interjecci�n de cuartel, cosa tan com�n entre militares. Aun cuando (lo que fue raro en �l) se encolerizaba por grav�sima causa, limit�base a morderse los labios; puede decirse que ten�a lo que llaman la c�lera blanca.
Tal vez fundaba su orgullo en que nadie pudiera decir que lo hab�a visto proferir una palabra soez, pecadilIo de que muchos santos, con toda su santidad, no se libraron.
El mismo Santo Domingo cuando, crucifico en mano, encabez� la matanza de los albigenses, echaba cada “Sacre nom de Dieu” y cada taco, que hac�a temblar al mundo y sus alrededores.
Quiz�s tienen ustedes noticia del obispo, se�or Cuero, arzobispo de Bogot� y que muri� en olor de santidad; pues su Ilustr�sima, cuando el Evangelio de la misa era muy largo, pasaba por alto algunos vers�culos, diciendo: Estas son pendejadas del Evangelista y por eso no las leo.
S�lo el mariscal Miller fue, entre los pro-hombres de la patria vieja, el �nico que jam�s emple� en sus rabietas el cuartelero !carajo!
El juraba en ingl�s y por eso un “God dam!” de Miller, (Dios me condene), a nadie impresionaba. Cuentan del bravo brit�nico que, al escapar de Arequipa perseguido por un piquete de caballer�a espa�ola, pas� frente a un balc�n en el que estaban tres damas godas de primera agua, que gritaron al fugitivo:
–!Abur, gringo p�caro!
Miller detuvo al caballo y contest�:
–Lo de gringo es cierto y lo de p�caro no est� probado, pero lo que es una verdad m�s grande que la Biblia es que ustedes son feas, viejas y putas. !God dam!
Volviendo a Sucre, de quien la digresi�n milleresca nos ha alejado un tantico, hay que traer a cuento el aforismo que dice: “Nadie diga de esta agua no beber�”.
El d�a de la horrenda, de la abominable tragedia de Berruecos*, al o�rse la detonaci�n del arma de fuego, exclam� Sucre, cayendo del caballo:
–!Carajo!, un balazo…
Y no pronunci� m�s palabra.
Desde entonces, qued� como refr�n el decir a una persona, cuando jura y rejura que en su vida no cometer� tal o cual acci�n, buena o mala:
-!Hombre, qui�n sabe si no nos saldr� usted un d�a con el Carajo de Sucre!
(*) Berruecos: despoblado en Colombia, en donde fue traidoramente asesinado el general Sucre, haci�ndose fuego desde unos matorrales acultos.